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[Notas para una charla dada a transhumanistas en Second Life, marzo de 2008]

NEUROCIENCIA UTÓPICA


LA SUPERFELICIDAD
Diez objeciones a un radical enriquecimiento del estado de ánimo

    INTRODUCCIÓN
  1. La objeción ÉTICA
  2. La objeción TÉCNICA
  3. La objeción de la MÁQUINA DE EXPERIENCIAS
  4. La objeción de las RESPUESTAS INADECUADAS
  5. La objeción de la FORMACIÓN DEL CARÁCTER
  6. La objeción del ESTANCAMIENTO
  7. La objeción de la FRACTURA SOCIAL
  8. La objeción de la PRESIÓN DE SELECCIÓN
  9. La objeción de los RIESGOS DE LA PRECIPITACIÓN
  10. La objeción del CHAUVINISMO DEL CARBONO
    CONCLUSIÓN

INTRODUCCIÓN

Los transhumanistas somos ambiciosos. Queremos una longevidad ilimitada, una inteligencia ilimitada, y un ilimitado poder de computación. Pero esto no significa que seamos ambiciosos para todo, por ejemplo la estatura. Tal vez queramos ser un poquito más altos, y queremos asegurar que los enanos puedan tener la posibilidad de alcanzar una estatura "normal". Pero incluso en Second Life, o en las realidades virtuales de inmersión del mañana, la mayoría de nosotros no quiere una estatura de 1.000 metros, aunque estuviéramos libres de las restricciones que impone la fuerza de la gravedad. Lógicamente, en Second Life hay algunas criaturas muy exóticas. Quizás digan que el resto de nosotros tiene la imaginación abotargada. Pero, intuitivamente, la estatura corporal óptima tiene un intervalo bastante limitado. Además, la estatura puede ser vista como lo que los economistas llaman un "bien posicional". Es socialmente ventajoso ser un poco más alto que el promedio; pero si todos pasasen a ser más altos, ya nadie tendría una ventaja.

¿Y qué sucede con la felicidad? - término que usaré aquí como abreviatura de bienestar emocional en su sentido más amplio. ¿Conviene considerar que la felicidad es un bien absoluto, o un bien posicional como la estatura corporal? ¿Acaso existe un intervalo óptimo de tono hedónico al que todos debamos aspirar, tanto para nosotros mismos como para otros seres sintientes, igual que sucede con la estatura humana sometida a la fuerza de la gravedad terrestre? Tal vez se pueda elevar un poco el "punto de ajuste" de nuestra tendencia a la estabilidad hedónica ("hedonic treadmill"), igual que algunos de nosotros podrían desear ser un poquito más altos. De igual modo, tal vez a quienes son víctimas de un estado de ánimo bajo crónico o de trastornos de ansiedad les puedan beneficiar las terapias de genes o las drogas de diseño, para que puedan alcanzar una versión idealizada de la actual salud mental "normal", igual que la hormona del crecimiento puede beneficiar a los "anormalmente" bajos de estatura.

Existe una concepción mucho más radical. ¿Es la felicidad más afín a la inteligencia o a la longevidad, algo cuyo incremento sin límites los transhumanistas sí deberían buscar, con las inimaginables implicaciones que conlleva ese incremento indefinido? La Declaración Transhumanista aboga por "el bienestar de todo lo sintiente". Pero el bienestar va desde la mera satisfacción hasta las vivencias cumbre de órdenes de magnitud más maravillosos de lo que los seres humanos no enriquecidos puedan llegar a comprender. ¿Cuál ha de ser el grado de ambición de los agentes racionales en el ámbito del fortalecimiento de nuestras vías de gratificación, tanto para nosotros mismos como para otras formas de vida? ¿Qué es lo técnicamente factible? ¿Cuáles son los posibles escollos? ¿Puede algo fallar catastróficamente? ¿Se deben poner determinados estados-espacios del sentir perpetuamente fuera de límites, para ni siquiera explorarlos, por ser demasiado maravillosos?

No es mi intención dar respuestas aquí. Da la casualidad de que predigo que los posthumanos superinteligentes estarán animados por gradientes de felicidad que serán, literalmente, miles de millones de veces más ricos que cualquier cosa biológicamente accesible hoy día; pero que tales civilizaciones puedan o no existir fuera de las ramas de muy baja densidad de la función de ondas universal es pura conjetura. En cambio, quiero plantear diez objeciones a la amplificación indefinida del bienestar, y esbozar diez posibles respuestas a las mismas.

1) La objeción ÉTICA
Incluso hablar de una supersalud psicológica posthumana es moralmente frívolo. Debatir sobre niveles de felicidad posthumana es como cuando los teólogos medievales discutían sobre los distintos niveles de la jerarquía celestial, con todos aquellos ángeles, arcángeles, querubines, serafines, etcétera. Volviendo al mundo real, existen millones de seres sintientes, humanos y no humanos, que padecen de malestares, a veces de malestares extremos. No tiene sentido concentrarse obsesivamente en el lado desagradable de la vida; pero incluso los más sanos y felices de nosotros están en peligro mortal de terminar sus vidas "sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything" ("sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin todo" - Como gustéis, W. Shakespeare). Asegurar un mínimo de bienestar para todas las criaturas sintientes ya es, por sí mismo, un enorme reto técnico e ideológico. Pasando a una nota más positiva, se puede conseguir mucho mediante un progreso gradual. La inminente revolución reproductiva de los bebés de diseño debería conducir a una presión de selección "no natural" contra algunos de nuestros peores genes, permitiéndonos llegar a ser más listos y más felices, vivir más tiempo y, más controvertidamente, tal vez ser más amables. Para el bienestar de todos los seres sintientes, es imperativo que dejemos de matarnos y de comernos mutuamente. Para materializar esta visión, que parece utópica, deberán existir alimentos artificiales de ingeniería genética, baratos y sabrosos, para sustituir en nuestra dieta a la carne de animales no humanos criados en factorías; tal vez la biotecnología, junto con la economía de mercado, tendrá éxito donde fallan los argumentos morales. Pero, en última instancia, poner fin al holocausto darwiniano y asegurar el bienestar de todos los seres vivos sintientes es un inmenso proyecto de ingeniería: la reescritura del genoma, la nanobótica, y el rediseño del ecosistema, hasta penetrar en los lugares más recónditos de los océanos. Entonces, ¿para qué pedir más? Según esta objeción, en caso de que se complete el proyecto abolicionista, y sólo entonces, habremos cumplido todas nuestras obligaciones éticas. O bien, como mínimo, sólo después de la abolición del sufrimiento en todo el mundo vivo podremos pensar en intervenciones verdaderamente revolucionarias para enriquecer nuestra vida emocional. Tal vez en este caso el crítico es un neobudista, o un utilitario negativo, o quizá un bioconservador ilustrado, que comparte el deseo de eliminar la crueldad y el sufrimiento [involuntario], pero que no ve ninguna necesidad de ir más allá de su abolición.

POSIBLE RESPUESTA
Esta objeción me es muy simpática. Se debería diferenciar claramente entre la urgencia moral de utilizar la biotecnología para erradicar el sufrimiento, y las fantasías especulativas sobre la "ingeniería del paraíso" y cosas parecidas. A menos que uno sea un utilitarista clásico estricto, la liberación del sufrimiento tiene un peso moral superior al del incremento del bienestar. En este sentido, el tema de esta charla, comparativamente, no tiene importancia, e incluso se puede afirmar que es moralmente banal. Sin embargo, es difícil creer que la planificación a largo plazo conlleve algo moralmente equivocado. Vale la pena destacar que ninguna de las cosas que los transhumanistas desean tan ardientemente, la longevidad ilimitada, la superinteligencia, la libertad morfológica, novedosas modalidades sensoriales y modos de consciencia, nanotecnología molecular, etc., nos hará significativamente más felices a largo plazo, a menos que rediseñemos o recalibremos nuestra tendencia a la estabilidad hedónica. Si decidimos hacerlo, entonces parece arbitrario "congelar el calibrado genético al ajuste mínimo absolutamente necesario para abolir los sustratos del sufrimiento, o meramente "bloquear" un incremento modesto del intervalo superior del tono hedónico por encima de dicho mínimo. ¿Por qué habría de ser tan escasa nuestra ambición?

Evidentemente, éste no es el lugar para glosar un tratado filosófico sobre la naturaleza de los valores. Pero no es necesario ser algún tipo de hedonista o un utilitario clásico para reconocer que existen lazos estrechos entre la creación de un bienestar emocional vitalicio y la creación de lo valioso. Provisionalmente, permítanme que plantee una hipótesis de trabajo, débil pero fértil. Si no intervienen otros factores, la música, la comedia, el arte, los juegos de ordenador, el software de realidad virtual, las relaciones personales, etc., más gratificantes son más valiosos que aquellos similares que se disfrutan menos. Un mundo con vivencias cada vez más enriquecedoramente gratificantes, si no intervienen otros factores, es preferible a los mundos que, en comparación, son emocionalmente más pobres. Lógicamente, como insistirán con razón los críticos, con frecuencia intervienen otros factores. Cualquiera puede citar múltiples ejemplos de lo contrario. Pero, intuitivamente, lo que requiere justificación son las desviaciones respecto a la suposición por defecto, no la propia suposición por defecto.

Tal vez esta respuesta sea algo abstracta. Entonces, a efectos ilustrativos, intentemos recordar durante un instante la "experiencia cumbre" más maravillosa de nuestra vida. Imaginemos que sus sustratos neuronales se puedan identificar, reforzar genéticamente, y activar condicionalmente a voluntad. Supongamos, y esto es más cuestionable, que la neurociencia utópica será capaz de identificar las complejas signaturas moleculares de cualquier experiencia humana valiosa, y amplificar sus sustratos biológicos. Las experiencias post-humanas que parezcan ser millones de veces más valiosas que las experiencias cumbre actuales, ¿realmente serán millones de veces más valiosas? O bien, por el contrario, como afirman los nihilistas morales, los juicios de valor, por su propia índole, no tienen valor como verdades. Quizás este debate sólo sea de opiniones ociosas, dado que, desde el punto de vista lógico, la distinción entre hechos y valores es insalvable. Aquí dejaré abierto este interrogante; pero si provisionalmente suponemos que (algunas de) nuestras experiencias son más valiosas que las de, por ejemplo, una lombriz, entonces nos preguntamos si los modos de sentir posthumanos maduros no podrían ser proporcionalmente más valiosos que los nuestros. Así pues, en caso de que el valor se pueda hacer natural y se pueda reforzar biológicamente, ¿por qué no planificamos la forma de crear una abundancia sostenible de sus sustratos moleculares usando los medios computacionales más eficaces? O bien, como mínimo, antes de emitir un juicio sobre el bienestar posthumano, descubramos antes qué es lo que echamos en falta.


2) La objeción TÉCNICA
Es inteligible hablar de llegar a tener una estatura 1.000 veces superior, aunque la biomecánica puede ser problemática. Pero, ¿tiene algún sentido, salvo como recurso retórico, hablar de llegar a ser 1.000 veces más feliz? ¿Acaso se puede tratar razonablemente de la felicidad como si fuese una categoría biológica? El bienestar emocional, ¿es un fenómeno natural objetivamente medible y cuantificable? La felicidad y otros estados mentales deseables, ¿realmente tienen sustratos neurológicos bien definidos que se puedan amplificar selectivamente de modo indefinido? ¿Existe incluso una escala unidimensional de placer-dolor?

POSIBLE RESPUESTA
De hecho, la "felicidad" es un término rudimentario, que puede evocar cualquier cosa, desde los más nobles triunfos del espíritu humano hasta un agradable día en la playa. Para la neurociencia computacional será un reto de enormes proporciones identificar los correlatos moleculares de nuestros estados emocionales, en términos de densidad de receptores, y los ratios de ocupación de neurotransmisores, las variantes alternativas de corte y empalme, las proteínas fosforiladas, los perfiles de expresión genética, etcétera. En el futuro, será necesario enriquecer nuestro esquema conceptual de las emociones, junto con nuestro repertorio emocional. Al final, se podrán abolir algunas de nuestras emociones más desagradables: Hoy ya es superfluo el papel computacional de fortalecimiento de la adecuación en la sabana africana. Otras emociones se podrán recalibrar: el análogo posthumano del aburrimiento, por ejemplo, para que conserve un papel funcional similar, no necesita ser percibido como desagradable; sus emociones análogas posthumanas sólo necesitan ser percibidas como comparativamente menos interesantes que una fascinación cautivadora. Entrando más en el terreno de las conjeturas, los genes para nuevas emociones centrales se podrían dividir entre las vías del sistema límbico: se podría expandir genéticamente nuestra gama emocional. ¿Existe o no existe una escala universal "placer-dolor"?; esto es algo controvertido. Al menos en las ratas, el "punto caliente hedónico" es un único milímetro cúbico de tejido situado en las neuronas espinales medias, en la región rostrodorsal de la corteza media del núcleo accumbens. Pero aunque aquí es aparente que no hay nada parecido al camino de la gratificación en el cerebro humano, esa complejidad no cambiaría fundamentalmente la viabilidad técnica de un indefinido crecimiento emocional. A medida que la tecnología de escaneado del cerebro se vuelva cada vez más sofisticada y precisa, podremos identificar los múltiples correlatos neuronales del bienestar y "sobreexpresarlos" selectivamente de formas que trasciendan los anticuados retoques medioambientales.

De modo más concreto, recordemos cómo los cerebrados ratones "Doogie", con una copia adicional del subtipo NR2B del receptor NMDA, padecen de una sensibilidad al dolor crónicamente aumentada. Este es un ejemplo desagradable. Pues bien, del modo opuesto, en principio, la neurociencia puede empalmar genéticamente copias adicionales de otros subtipos de receptores, por ejemplo, del receptor opioide mu, que intervienen en el tono hedónico. En el futuro, la capacidad de respuesta de las células nerviosas a opioides endógenos generados naturalmente también se podrá incrementar mediante un enriquecimiento de los receptores del cerebro. En principio, podemos modular su "sobreexpresión" duradera, intermitentemente realzada (o suavemente reducida) por cualquier tipo de contingencia personal y ambiental que consideremos conveniente. Tanto funcional como anatómicamente, nuestras vías de gratificación se pueden "agrandar y mejorar". Sin embargo, el autodominio emocional inteligente comportará un rediseño de la mente o del cerebro, de forma que podamos obtener las más intensas gratificaciones de aquellas actividades que consideremos que son más duraderamente merecedoras de ello, es decir, dando prioridad a nuestros deseos de orden superior sobre los apetitos primarios heredados. La selección natural ha "encefalizado" nuestras emociones para beneficiar a nuestros genes. Los agentes racionales pueden "re-encefalizar" nuestras emociones para que nos beneficien.

A largo plazo, tal vez el mayor desafío técnico no será amplificar los circuitos de "gratificación" o reformular los circuitos "de penalización" per se. El auténtico reto será hacerlo de formas socialmente responsables, intelectualmente perspicaces y empáticas, preservando comportamientos que nutren, evitando desencadenar psicosis o manías, y sin provocar efectos secundarios adversos, ni para el individuo enriquecido ni para la sociedad en su conjunto. Estas son limitaciones severas. Por ejemplo, un problema de los llamados antidepresivos actuales no sólo es que con frecuencia son ineficaces y "sucios", sino que, en las personas genéticamente susceptibles, también pueden desencadenar manías en vez de un bienestar funcionalmente elevado. [Véase también "Touched with Fire: Manic-Depressive Illness and the Artistic Temperament" (1993), de Kay Redfield Jamison] Pasar a estar "mejor que bien" comporta no sólo una duradera sensación de estar "en la cumbre del mundo", sino conservar la perspicacia, la agudeza y la inteligencia social. En estados de manía, se pierde el juicio crítico.

Aquí expreso una suposición controvertible. La forma tradicional de producir, por ejemplo, la belleza estética, es crear un lienzo o una escultura que despierte una respuesta estética gratificante en quienes lo ven. De ahí que se llamen artes decorativas. La forma avanzada de producir la belleza impresionante es usar técnicas de escaneado cerebral, identificar la signatura neuronal de la experiencia estética, purificar su esencia biomolecular y luego amplificar sus sustratos. Entonces se podrán provocar selectivamente experiencias hermosas trascendentales "a petición" de modo mucho más potente que actualmente, quizás gestionadas desde una interface de usuario fácil de utilizar e intuitiva como un iPod, tal vez con activación mental; o quizás, como ahora, impulsadas por estímulos. De ahí procede la afirmación de que los posthumanos podrían tener una capacidad innata para percibir experiencias estéticas miles de millones de veces más bellas que cualquiera de las actualmente accesibles, y más aún cuando se superen las imbéciles restricciones del parto humano: un útero artificial no es más "no natural" que las prendas de vestir artificiales. Se dice que los místicos y los poetas pueden "ver todo el mundo en un grano de arena"; pero, en el futuro, ¿por qué no podría el resto de nosotros elevar sus "ajustes por defecto" estéticos, de modo que nuestro ajuste de reconocimiento de la belleza fluctúe alrededor de una línea de base muchísimo más elevada? La apreciación estética posthumana (casi) seguramente no será uniforme, o una especie de sensación de fabulosa sorpresa cósmica indiscriminada. Pero, como mínimo en una familia de escenarios posibles, la vida cotidiana posthumana podría constar exclusivamente de gradientes de lo sublime.

O bien, usando otro ejemplo de conjetura: la ruta tradicional hacia la experiencia espiritual pasa por la oración y la disciplina de la meditación. La ruta futurista, en caso de que uno piense espiritualmente, es una dimensión valiosa de la experiencia; es identificar los sustratos neuronales de la experiencia espiritual, tal vez incluso los sustratos neuronales de la revelación divina y de la experiencia de Dios, y luego ampliarlos, descartar la basura que conllevan, y amplificar tanto su esencia molecular como los caminos metabólicos que regulan su expresión. Para nuestros descendientes, debería ser técnicamente factible disfrutar de experiencias diarias de lo divino miles de millones de veces más profundas que todo lo fisiológicamente posible hoy día. [Este argumento se podría usar para rebatir la acusación de que los transhumanistas son materialistas carentes de alma, ajenos a las dimensiones más ricas de la experiencia. Es cierto que algunos de nosotros habitamos en un yermo espiritual. Pero, irónicamente, son los bioconservadores religiosos los que impiden a los impíos la comunión con lo divino; y son los místicos tradicionales quienes impiden al resto de nosotros acceder a las técnicas de la experiencia mística.]

Admito que este tipo de reduccionismo neurológico puede fácilmente sonar a frenología. Los críticos se pueden burlar diciendo que igual se podría hablar de que el cerebro tiene un "centro del humor", y de "reforzar sus sustratos biológicos". Pues bien, es gracioso, pero el cerebro sí tiene un centro del humor, no sólo desde el punto de vista funcional sino también anatómico. Una burda estimulación de una región del córtex temporal basal izquierdo induce una sensación indiscriminada de que todo es hilarantemente gracioso. Pero en vez de la cruda neuroestimulación de un regocijo sin criterio, nuestros descendientes [o nosotros mismos en el futuro] podríamos decidir recalibrar los ajustes por defecto de la respuesta de humor nativa. Hoy describimos a algunas personas como temperamentalmente faltas de humor; otras son propensas a ver el lado gracioso de la vida. Pues bien, presuponiendo que un agudo sentido del humor es algo valioso, ¿qué pasaría si pudiéramos reajustar nuestra propia propensión a ver las cosas como graciosas? Tal vez exista un intervalo de humor óptimo para un entorno dado, bajo y expresado con poca frecuencia en la brutal vida darwiniana, y algo superior para los posthumanos. O bien, ¿se debería atornillar hacia arriba el campo de nuestro sentido del humor, indefinidamente, cuando las condiciones lo permitan? Porque si podemos identificar los sustratos neuronales del humor, entonces también podremos enriquecerlos biológicamente sin cesar. Teóricamente, si tuviéramos un mundo post-humano sin sufrimiento, nuestros descendientes podrían apreciar el humor de manera miles de millones de veces más regocijante que nada de lo que existe hoy. La vía tradicional del genio cómico ha sido dar con chistes más graciosos o escribir una obra maestra cómica. La vía posthumana para cultivar un sentido del humor fantástico no sería (solamente) ser un escritor, sino amplificar y enriquecer los sustratos neuronales de la diversión. Esto parece ser una receta para la sandez. Pero, recordemos la observación de Wittgenstein de que se podrían escribir buenas obras filosóficas totalmente compuestas de chistes. Esto puede parecer obsceno en un mundo darwiniano lleno de sufrimientos; en el mañana, este modo de pensar puede ser perfectamente correcto.

Sí, de acuerdo, es un ejemplo fantasioso. Pero se aplica exactamente el mismo razonamiento a los gradientes de dicha que señalan información; y aunque sólo se tenga una versión débil del principio del placer, la adopción de un sistema de motivación basado en gradientes de felicidad es sociológicamente más plausible que una propensión aumentada a encontrar graciosa cualquier cosa. Así pues, la ruta arcaica para mejorar el bienestar ha sido manipular el medio ambiente exterior, ocasionalmente suavizada por un poco de alcoholismo incompetente. Las utopías medioambientalistas invariablemente fracasan, por la naturaleza humana y por los mecanismos de reacción inhibidores de la tendencia a la estabilidad hedónica. En el polo opuesto está el cableado cerebral: la estimulación directa de los centros del placer. El wireheading es eficaz, pero indiscriminado. No es una solución evolucionariamente estable. La ruta posthumana madura hacia la felicidad presumiblemente seguirá abarcando la mejora del medio ambiente; ¿pero cuáles serán los tipos de filtros afectivos que percibirán o simularán el medio ambiente? Tal vez las percepciones sensoriales posthumanas se procesarán mediante un medio de pensamiento innatamente dichoso. Lógicamente, es técnicamente mucho más difícil amplificar gradientes de emociones sociales complejas "densas" que amplificar la cruda felicidad orgásmica, o incluso los raptos espirituales. Pero esa amplificación se podrá conseguir, si se desea, a medida que avancen nuestras técnicas de neuroescaneado y las terapias genéticas. En principio, son factibles las técnicas de felicidad cerebral sostenida. El reto es utilizarlas juiciosamente a escala planetaria, y más allá. Desgraciadamente, aquí lo "juicioso" no está claramente definido.


3) La objeción de la MÁQUINA DE EXPERIENCIAS
Según esta objeción, la perspectiva de atornillar gradualmente hacia arriba nuestro punto de ajuste hedónico mediante intervenciones biotecnológicas equivale simplemente a una versión de la hipotética Máquina de Experiencias del filósofo de la Universidad de Harvard Robert Nozick. Recordemos la breve sección de Anarchy, State, and Utopia (1974) donde Nozick supuestamente refuta el hedonismo ético pidiéndonos que imaginemos una máquina utópica que pueda inducir, a voluntad del usuario, experiencias de cualquier cosa. Presumiblemente, una Máquina de Experiencias también brindará súper-autenticidad: sus usuarios incluso se podrán felicitar por haber elegido seguir conectados al mundo real, tras haber rechazado los halagos de los evangelistas de la Máquina de Experiencias y sus fantasías escapistas. Sea como fuere, si tuviéramos esta ocasión hipotética de ver que todos nuestros sueños se cumplen, entonces (probablemente) la mayoría de nosotros no la utilizaríamos. Nuestro rechazo demuestra que damos valor a mucho más que a las meras experiencias. Ciertamente, según esta objeción, la ciencia neurológica del milenio técnicamente será capaz de crear experiencias millones de veces más maravillosas que cualquier cosa a la que tiene acceso una mente darwiniana. ¿Y entonces qué? Lo que cuenta son los hechos del mundo real independientes de la mente, y que de cierta forma tienen importancia para nosotros, no una falsa felicidad.

POSIBLE RESPUESTA
Esta objeción no es descabellada. En el futuro, probablemente serán factibles técnicas afines a las Máquinas de Experiencias, tal vez combinando la realidad virtual de inmersión, los nanobots neuronales y un recableado de los centros de placer. Es concebible que tales técnicas lleguen a estar ampliamente disponibles, o incluso sean omnipresentes, aunque es problemático que su empleo mundial jamás llegue a ser, sociológica y evolucionariamente, estable para toda la población. [Si realmente pensamos que las Máquinas de Experiencias pueden llegar a ser omnipresentes, entonces nos podemos preguntar (matices del "argumento de la simulación") si, estadísticamente, probablemente ya estamos conectados a una de ellas. Esta hipótesis es más convincente si se es un optimista amante de la vida, que piensa que vive en el mejor de los mundos posibles, que si se es un darwiniano depresivo convencido de que vive en un sótano de mala muerte.]

No obstante, sean o no factibles, las Máquinas de Experiencias no son el tipo de técnicas de ingeniería hedónica de las que tratamos aquí. El recalibrado de nuestra tendencia a la estabilidad hedónica a ajustes gradualmente más elevados no necesariamente promueve el desarrollo de mundos fantasiosos escapistas. Un aumento acompasado y gradual del tono hedónico normal puede permitir a los (post-)humanos relacionarse con el mundo, y entre sí, no menos íntimamente que antes; y posiblemente en mayor medida. En cambio, son los trastornos de ansiedad social y la depresión clínica los que condicionan el retraimiento y la supresión de comportamientos. Si no intervienen otros factores, una población progresivamente más feliz también será socialmente más participativa, cada uno con los demás y con la realidad de consenso. Hay que señalar que hoy día las personas más felices suelen ser las que llevan una vida social plena; en cambio, las personas depresivas tienden a ser solitarias y a estar socialmente aisladas. La súper-salud mental posthumana realmente puede ser inconcebiblemente diferente del mundo de las personas más felices de nuestros días: estar saturada de significado y ser vibrantemente auténtica, en un grado fisiológicamente inimaginable. Pero este resultado maravilloso no será explicable, o al menos no necesita ser explicable, porque nuestros descendientes vayan a ser escapistas conectados a Máquinas de Experiencias, sino porque la vida posthumana será intrínsecamente maravillosa.

Tal vez. En realidad, esta respuesta a la objeción de la Máquina de Experiencias es simplista. Sobresimplifica las cuestiones porque para toda una gama de fenómenos simplemente no existe ningún hecho de la cuestión independiente de la mente, que potencialmente pueda justificar objeciones de la Máquina de Experiencias y disuadir del uso futuro de técnicas del estilo de la Máquina de Experiencias por temor a perder el contacto con la Realidad. Comparemos, como ejemplo, la belleza matemática con la belleza artística. El devoto matemático no querrá meramente experimentar la festividad de resolver una ecuación importante, o idear una demostración elegante de un teorema matemático. También querrá que esa solución o prueba sean verdaderamente ciertas en un cierto sentido profundamente platónico. Pero, cuando se crea, por ejemplo, una escultura o una pintura, entonces su belleza (o, al contrario, su fealdad) dependerá ineludiblemente del cristal con que se mire; no existe una verdad independiente de la mente, más allá de la respuesta subjetiva del observador. Para un esteta que anhela experimentar una belleza fenomenal, simplemente no existe ningún hecho objetivo más allá de la calidad de la experiencia misma. La belleza no es menos real, y ciertamente parece ser un hecho incuestionable; pero es subjetiva. Si así fuera, ¿por qué no crear los sustratos de la súper-belleza posthumana en lugar de meramente algo artísticamente bonito?

También existe un sentido en el que nuestro cerebro ya es una Máquina de Experiencias (disfuncional). Pensemos en lo que sucede cuando soñamos. ¿Habría que tomar fármacos para suprimir la fase del sueño de movimiento ocular rápido, porque nuestros sueños no son verdades? O buen, cuando estamos despiertos, el placer que sentimos al ver una hermosa puesta de sol ¿debería ser enturbiado por saber que las propiedades secundarias tales como el color son dependientes de la mente? [La teoría cuántica indica que las propiedades "primarias" macroscópicas clásicas, tal como se conciben normalmente, también son dependientes de la mente; pero eso es otra historia]. Si uno ha nacido con visión monocromática y sólo ve el mundo con diferentes matices de gris, entonces, como cerril racionalista científico, ¿se debe rechazar una terapia genética para la visión en colores por el hecho de que esos espectaculares colores son un engaño, y porque la hierba no es intrínsecamente verde? No, la experiencia visual, por acuerdo común, nos enriquece, aunque, desde un punto de vista estricto, estemos creando una realidad en vez de simularla y/o percibirla. Otro ejemplo: ¿Qué sucedería si las técnicas de realce neuronal pudieran modificar de modo controlable nuestros filtros estéticos, de manera que viésemos a las mujeres octogenarias como sexualmente más atractivas que las veinteañeras? Esta percepción, ¿sería falsa o no auténtica? Intuitivamente, quizás. Pero, en realidad, esa percepción no sería ni más ni menos auténtica que ver como sexualmente más atractivas a las veinteañeras con máximo potencial reproductivo. La evolución ha sesgado nuestros actuales filtros de percepción en formas que aumentan al máximo la adecuación inclusiva de nuestros genes en el entorno ancestral; pero, en el futuro, podremos optimar el bienestar de sus portadores (es decir, nosotros). Los gradientes de bienestar miles de millones de veces más ricos que cualquier cosa que puedan experimentar los humanos no son ni más ni menos genuinos que el verdor de la hierba (o el encanto de Marilyn Monroe). ¿Podrán tales estados llegar a ser tan corrientes como la hierba? Repito que lo sospecho; pero, hacer conjeturas no cuesta dinero.


4) La objeción del COMPORTAMIENTO INADECUADO
Algunos críticos se preocupan de que fomentar la superfelicidad puede conducir a lo que informalmente se podría llamar respuestas de comportamiento "inadecuadas" o fuera de lugar. Son necesarias las comillas de advertencia, porque nuestro sentido de "lo adecuado" está sistemáticamente sesgado por nuestro pasado evolutivo. Todas nuestras intuiciones están contaminadas. Voy a dar un ejemplo concreto de conducta inadecuada, tal como se entiende corrientemente: supongamos que caemos bajo el proverbial autobús. Aunque el accidente no nos cause sufrimientos, ¿realmente querremos que nuestros amigos, a pesar de nuestra mala fortuna, sigan siendo felices? De forma menos dramática, incluso cuando la vida mejore, presumiblemente seguiremos cometiendo errores. Habrá reveses y desacuerdos, tal vez discrepancias enérgicas. Las reacciones negativas son vitales para preservar una perspicacia crítica. Incluso si quedan abolidos los sufrimientos, tal como hoy los entendemos, probablemente será necesario que exista, como motor del progreso, algo análogo a la ansiedad y el descontento.

POSIBLE RESPUESTA
Aquí el argumento contrario es que, aunque se enriquezca radicalmente el tono hedónico, se puede preservar toda una gama de mecanismos de retroalimentación negativa. Opcionalmente, se puede aumentar de hecho nuestro intervalo de contraste hedónico, incluso si el mínimo afectivo genéticamente predeterminado de la posthumanidad se fija más alto que el actual máximo. Sin embargo, para la mayoría de las finalidades, presumiblemente serán suficientes las graduaciones finas y matices del tono hedónico. Los posthumanos enriquecidos podrán seguir siendo sensibles a la información de estímulos buenos y "malos", aunque el "punto de ajuste" de nuestra línea de base hedónica se eleve en órdenes de magnitud por encima de la norma actual. Seguiremos experimentando los análogos funcionales de algunos de los sentimientos negativos actuales, incluso cuanto las texturas de nuestra consciencia lleguen a ser aún mejores.

También, opcionalmente, será factible preservar la mayor parte de nuestra actual arquitectura de preferencias. Si preferimos Beethoven a Brahms, o la filosofía al juego infantil inglés del pushpin, entonces el enriquecimiento del tono hedónico todavía puede dejar más o menos intacta la arquitectura de nuestras preferencias. En principio, los cocientes de contraste hedónico se pueden conservar aunque se recalibre la escala. Lógicamente, nos podemos preguntar seriamente si en verdad queremos dejar sin cambios nuestra actual arquitectura de preferencias. Después de todo, muchos de nuestros deseos y preferencias son bastante desagradables: se han conformado por la historia de la evolución en "la naturaleza, con sus garras y colmillos teñidos de sangre", para permitir que el ADN egoísta pueda hacer más copias de sí mismo. Tal vez muchas de nuestras preferencias inmundas se deberían abolir, no sólo recalibrar. Pero el "conservadurismo de preferencias" es compatible con las técnicas de enriquecimiento hedónico; por lo menos, es una opción teóricamente posible. En la práctica, una revolución conceptual congruente con el estado de ánimo (presumiblemente) acompañaría al enriquecimiento hedónico global. En estos momentos apenas podemos imaginarnos su índole y su alcance. <

¿Y qué sucederá con el luto? ¿Habrá que abolir el profundo dolor antes de haber podido vencer a la muerte, lo que será un reto biotecnológico mucho más formidable que el enriquecimiento del bienestar subjetivo? Pues bien, si yo fuera a caer debajo del proverbial autobús, ciertamente querría, está claro que por egoísmo, que ese accidente reduzca el bienestar de mis amigos. De otro modo, me sería difícil pensar que son mis amigos. Pero si uno realmente valora a sus amigos, seguramente no querrá, y seguramente no debería querer que sufran por su causa. Yo diría que una reducción condicionalmente activada de su bienestar es lo más que, adecuadamente, se puede pedir. Si hablásemos de respuestas "inadecuadas", el primer candidato, en cambio, sería el deseo darwiniano de que otros sufran, incluyendo a veces a quienes nominalmente "amamos".

De forma más prosaica, confiemos en que los transhumanistas tendrán cuidado cuando crucen una calle.


5) La objeción de la FORMACIÓN DEL CARÁCTER
Una quinta preocupación es que los gradientes de bienestar extremo podrían ser, dicho otra vez informalmente, malos para nuestro carácter. Pensamos en la gente asidua a las fiestas, que lleva una vida "hedonista" en el sentido popular del término; o en los drogadictos, o en padres irresponsables que descuidan a sus hijos. Un ejemplo futurista de deterioro del carácter podrían ser variantes del cableado cerebral, tal vez con la forma de una neurochip que aporta una felicidad no diferenciada. En general, los episodios de bienestar extremo "no natural" tienden a fomentar el egoísmo y el egotismo, a perjudicar el juicio, a asumir riesgos, a un comportamiento maníaco; y a una falta de consideración hacia los demás. Según esta objeción, ¿no será que la vida futura en el universo está prefigurada por análogos del cableado cerebral, la heroína y el crack de cocaína?

POSIBLE RESPUESTA
No es así, en modo alguno. En este caso, un argumento contrario es que la verdadera ingeniería hedónica, diferente del hedonismo insensato o la experimentación personal, puede ser profundamente beneficiosa para nuestro carácter. Las técnicas de fomento del carácter pueden beneficiar de modo igual a utilitarios y a no utilitarios. Potencialmente, podemos aprovechar la convergencia de la biotecnología, la nanobótica y las tecnologías de la información, para adquirir control sobre nuestras emociones y convertirnos en mejores seres (post-)humanos, para cultivar las virtudes, la fuerza de carácter, la decencia; y para ser más amables, más afectuosos y más compasivos: convertirnos en los seres (post-)humanos que aspiramos ser, pero que no somos, y que biológicamente no podemos ser con la maquinaria neuronal de mentes no enriquecidas. Dada nuestra biología darwiniana, hay demasiadas formas de comportamiento admirable que sencillamente no son lo suficientemente gratificantes como para que las practiquemos sistemáticamente: nuestros deseos de segundo orden, de vivir vidas mejores como seres mejores, con frecuencia son débiles ecos de nuestras innobles pasiones. Hay demasiadas formas de actividad cerebral que son menos gratificantes de inmediato, y que requieren una mayor capacidad de gratificación retardada que sus homólogas poco intelectuales. Similarmente, muchas formas de comportamiento altruista, por ejemplo dar un mísero 10% de nuestros ingresos a Oxfam, son menos gratificantes que el consumo personal. Pero, en el futuro, será posible derivar gradientes de felicidad ricamente sazonados, por pasarse dieciséis horas diarias estudiando; o por ser angelicalmente amable e "insensatamente" generoso. El control posthumano de nuestras emociones nos deberá permitir amplificar los rasgos de carácter que consideramos admirables, superando las limitaciones de las mentes darwinianas en maneras que no pueden ser igualadas por una manipulación medioambiental por sí sola. De manera superficial, Second Life nos permite convertirnos en otra persona, como aquella que idealmente querríamos ser; pero las futuras técnicas de enriquecimiento nos pueden capacitar para ser seres ideales también en nuestra encarnación de la Primera Vida.

Vale la pena señalar una preocupación sobre ese escenario color de rosa. La súper-felicidad apoyada en la genética, ¿no nos privará de poder vivir un desarrollo personal, de las luchas contra la adversidad que fomentan el carácter, y de la posibilidad de realizar sacrificios propios heroicos?

Pues bien, se dijo de Madame de Staël que arrojaría a todos sus amigos al agua para tener el placer de volverlos a pescar; y está claro que una civilización impulsada por gradientes de superfelicidad no tendría necesidad de actos heroicos en el sentido tradicional. Pero una supersalud mental vitalicia no necesariamente nos convertirá en pusilánimes. Todo lo contrario: los circuitos de gratificación superenriquecidos prometen hacernos más resueltos y, con ello, más capaces de alcanzar nuestros proyectos en la vida, y de promover el bienestar de los demás. Son los clínicamente deprimidos, y otras víctimas de la "impotencia aprendida", los que abandonan demasiado fácilmente: por desgracia, hay algo de verdad en el estereotipo popular de que los depresivos son "débiles". En cambio, la superfelicidad predestinada genéticamente augura a los niños del mañana personalidades que desbordan la realidad, una integridad a ultranza, y una fuerza de voluntad mayor que nada que se pueda conseguir hoy neurológicamente. Potencialmente, la superfelicidad también capacitará a los no-utilitarios para realizar más eficazmente sus proyectos.

Evidentemente, sigue siendo un interrogante el que vayamos a usar tales técnicas con prudencia, o si las usaremos en absoluto. Pero teniendo en cuenta los terribles naufragios emocionales de la vida darwiniana, ¿por qué no habríamos de (re)diseñar nuestras personalidades, por lo menos hasta, por ejemplo, las mismas rigurosas especificaciones que exigimos de nuestros automóviles? La vida post-darwiniana, ¿por qué no podría ser sólida, estimulante, y también a prueba de colisiones?


6) La objeción del ESTANCAMIENTO
Esta objeción nace de la preocupación de que, al realzar directamente el bienestar mediante intervenciones neurobiológicas, llegaremos a una civilización atrapada en un estancamiento subóptimo. Esta no es la objeción, de base histórica, de que perseguir visiones utópicas inevitablemente conduce a distopias de pesadilla. De hecho, tal vez exista una sensación importante de que nada puede fallar, en el sentido ordinario desagradable de "fallar", si se sustituyen los sustratos del sufrimiento y del malestar por gradientes adaptativos de felicidad. Pero ese es el elemento subyacente de esta objeción: alcanzar demasiado ávidamente o prematuramente lo que se ofrece, nos puede atrapar permanentemente en un óptimum local que nos impedirá aprovechar al máximo nuestro pleno potencial, independientemente de cuál sea, en última instancia, ese pleno potencial. Aquí se podría pensar en análogos de acción prolongada del soma, la droga del placer supuestamente ideal de Aldous Huxley, o de análogos más refinados y globalmente sostenibles del cableado cerebral. No, no es el gulag; pero, ciertamente, los transhumanistas tienen derecho a esperar algo más.

POSIBLE RESPUESTA
Tampoco se puede excluir esta perspectiva. Pero, justamente la posibilidad de que se pueda concebir, es uno de los motivos por los que la humanidad haría bien en reflexionar estratégicamente, con antelación, y no "tropezarse con la felicidad" colectivamente, tomando prestada la optimista expresión de Daniel Gilbert. La probabilidad que atribuimos a tales escenarios de estancamiento global depende de los tipos de bienestar biológicamente incrementado, si los hubiere, que nuestros descendientes decidan adoptar. Por ejemplo, tal vez la codificación genética de los sustratos de un bienestar místico contemplativo pueda parecer potencialmente atractiva para personas que hoy tienen una mentalidad atribulada, particularmente las temperamentalmente ansiosas y dominadas por la angustia. Los budistas, lógicamente, identifican la extinción del deseo con el Nirvana. Sin embargo, el diseño a escala global de esta clase de felicidad vitalicia puede, ciertamente, conducir a un estancamiento de las conductas, y a toda una civilización en estancamiento perpetuo, aunque aporte un desarrollo espiritual sin precedentes. Como respuesta podemos decir: ¿y qué? Pero en vez de elegir convertirse en constitucionalmente serenos, tal vez los decisores políticos, persuadidos por la objeción del estancamiento, deban en cambio fomentar elementos de lo que (muy) crudamente se puede etiquetar como bienestar reforzado con dopaminérgicos, con su tendencia a un refuerzo de la búsqueda de la novedad, del comportamiento exploratorio y de la curiosidad intelectual. Desgraciadamente, este tipo de bienestar tiene múltiples escollos propios. Los modos de bienestar biológico radicalmente diferentes de cualquier estereotipo humano actual, también merecen ser investigados a fondo. Pero, al menos a medio plazo, los futuros "que miran hacia afuera" son presumiblemente más probables que las civilizaciones introvertidas basadas en alguna variedad de felicidad meditativa. Porque sigue habiendo un nicho ecológico por poblar, nuestra propia galaxia. Los nichos ecológicos vacíos tienden a ser llenados. Salvo que todos nos convirtamos en contemplativos, o todos optemos por vivir en realidades virtuales de inmersión, etc., es probable que nuestros descendientes salgan a colonizar el universo accesible dentro de nuestro cono de luz. Lo que harán después, no está claro.


7) La objeción de la FRACTURA SOCIAL
Un bienestar realzado biológicamente puede tener efectos catastróficos de fractura social sobre la estructura de toda la sociedad. Esta objeción es totalmente opuesta a la preocupación comúnmente expresada de que la felicidad "artificial" nos convertirá en inocentones satisfechos, más vulnerables a ser controlados por las élites gobernantes (cf. el soma de Huxley). En cambio, el argumento de esta objeción es que el bienestar súper-incrementado perturbará las jerarquías sociales, las jerarquías de dominio sobre las que se basan todas las sociedades de primates sociales existentes. El mal humor y los comportamientos de sumisión han evolucionado en los mamíferos por adaptación a la vida en grupos, la que, a su vez, fue una adaptación contra los predadores. La abolición de los sustratos de ansiedad social, mal humor y conducta subordinada, podría convertirnos a todos en "alfas" en potencia. El comportamiento alfa-plus rampante haría ingobernable a la sociedad, incluso en el sentido mínimo de los libertarios.

POSIBLE RESPUESTA
En este caso, el argumento contrario es que tales escenarios meramente demuestran la importancia de una planificación con visión de futuro. Una elevación del estado de ánimo, masiva e incontrolada, lo que es algo distinto del enriquecimiento emocional, ciertamente podría provocar conductas hipercompetitivas socialmente perjudiciales, y con ello promover un riesgo global catastrófico. Un comportamiento competitivo, de dominio de macho-alfa, en una era de armamento nuclear, biológico y químico, es tal vez la mayor amenaza para la vida sobre la tierra. Por ello, esta objeción realmente es mucho más seria de lo que parece. Por otra parte, la elevación del estado de ánimo también puede ser empática y pro-social. Por ejemplo, se pueden multiplicar y ampliar funcionalmente las "neuronas espejo", igual que el tono hedónico, aumentando así nuestra propensión a una conducta de cooperación. De modo similar, las "hug drug" de diseño de acción prolongada, los análogos seguros y sostenibles del MDMA y sus congéneres, también son factibles, igual que sus equivalentes genéticos. La cohesión social se puede reforzar genéticamente. Las posibles ramificaciones para las jerarquías sociales existentes de un enriquecimiento radical del estado de ánimo, son poco comprendidas, porque nunca se han modelado sistemáticamente tales escenarios. Pero esa omisión no es motivo para "congelar" permanentemente a la mayor parte de la humanidad dentro de la biología de la timidez subordinada, situación de muchos primates sociales "de bajo rango" en el mundo de hoy.


8) La objeción de la PRESIÓN DE SELECCIÓN
Puede ser técnicamente posible, a corto plazo, amplificar directamente los sustratos del bienestar durante toda la vida. Incluso puede ser técnicamente factible elevar nuestro "punto de ajuste" hedónico normal, mediante terapia somática o terapia genética de líneas germinales. Pero, a largo plazo, habrá una presión de selección contra la escalada de gradientes de superfelicidad. Por ello, los escenarios aquí discutidos no son realistas.

POSIBLE RESPUESTA
En un mundo post-envejecimiento, dentro de siglos, la reproducción deberá ser algo excepcionalmente poco frecuente, y estar controlada centralmente, independientemente de si nuestros descendientes cuasi-inmortales realicen o no una ingeniería hedónica. En caso contrario, la tierra (o bien, teóricamente, nuestra galaxia o superclúster galáctico local, etc.) superará su capacidad física de cabida. No obstante, tales conjeturas involucran muchos elementos complejos sobre la índole de la presión de selección, en una era en la que prácticamente habrá cesado la maternidad tradicional.

Hasta entonces, habrá una intensa presión de selección, pero existen poderosas razones para pensar que esa presión de selección funcionará contra cualesquiera combinaciones de genotipos y alelos que predispongan a lo desagradable de la vida darwiniana. Esto es así porque estamos en vísperas de la revolución reproductiva de los bebés de diseño. Pronto los futuros padres elegirán la personalidad y la estructura genética de sus hijos, en vez de jugar a la ruleta genética. A medida que se generalice la planificación familiar responsable, y cuando sea rutinario el diagnóstico de preimplantación, habrá una fuerte presión de selección contra los genes y genotipos que predisponen a los modos más sombríos de la experiencia humana. No es éste el lugar para intentar hacer un modelado teórico de un juego, o un tratado sobre la genética de la población posthumana. A efectos ilustrativos, simplemente imaginemos lo siguiente: Un posible padre que elige el carácter genético de sus futuros hijos, ¿qué ajustes genéticos seleccionaría? No querrá genotipos que predisponen a trastornos de ansiedad, enfermedades depresivas, tendencias esquizoides, y otras indiscutibles patologías mentales; pero, ¿cuán elevados (o, en teoría, cuán reducidos) serían los ajustes que preferiría para el tono hedónico normal de sus hijos? A través de todas las culturas, los padres suelen decir que quieren que sus hijos sean felices, pero que lo sean "naturalmente"; pero, ¿felices en qué medida? Los pelirrojos podrán preferir tener hijos pelirrojos, pero pocos depresivos querrán tener niños depresivos. Para que aquí funcione la presión de selección, sólo es necesaria una leve preferencia, parcialmente heredable, por niños un poco más temperamentalmente felices [o menos bajos de moral] que uno mismo. La presión de selección es fundamentalmente diferente cuando la evolución ya no es "ciega" y aleatoria respecto a lo que favorece la selección natural, o sea, cuando las combinaciones de genes y alelos se eligen o designan previendo sus efectos probables. Ese tipo de presión de selección ya es manifiesta en los animales domésticos no humanos, y pronto entrará en juego en los humanos. En consecuencia, podemos hablar de una inminente era post-darwiniana, no porque estará ausente la presión de selección (¡todo lo contrario!), sino porque estamos preparados para cambiar de la selección "natural" a una selección "no natural".

Este trascendental cambio reproductivo no excluye en modo alguno la probabilidad de una presión de selección continuada contra algunos modos de bienestar subjetivo, por ejemplo, la felicidad no diferenciada. Así pues, el cableado cerebral y sus análogos naturales, por ejemplo, presumiblemente siempre tendrán una desventaja reproductiva. Sin embargo, un sistema de motivación con elevados gradientes de superfelicidad puede ser extremadamente adaptativo, en caso de que sea ése el fenotipo de conducta que queremos para nuestros hijos. Seguramente, criar a niños genéticamente predispuestos a ser muy felices y afectuosos es mucho más gratificante que criar a niños depresivos. Hay que subrayar que este escenario optimista no significa que la vida social posthumana se vaya a parecer a un "hug-in" comunal o a una fiesta movida con MDMA. Incluso en el paraíso pueden existir análogos funcionales del realismo depresivo.


9) La objeción de los RIESGOS DE LA PRECIPITACIÓN
La prioridad debe ser la superinteligencia, no la superfelicidad. Cuando seamos lo suficientemente inteligentes como para comprender las implicaciones de lo que hacemos, sólo entonces deberíamos explorar el enriquecimiento radical del estado de ánimo. Son demasiado grandes los riesgos que conlleva actuar prematuramente y crear un paraíso de imbéciles.

POSIBLE RESPUESTA
Tal como está formulada, esta objeción bien puede ser válida. Solamente la superinteligencia puede aumentar al máximo la función de utilidad del universo. Sin embargo, el enriquecimiento emocional, algo diferente de la cruda amplificación del placer, por sí mismo, probablemente es un ingrediente imprescindible de la superinteligencia. Así pues, prestemos atención a evitar construir una falsa dicotomía: la superinteligencia madura presumiblemente comportará una capacidad inimaginablemente enriquecida de comprensión empática, una "visión del ojo divino". Este elemento es relevante porque, con algunas hipótesis modestas y con un mínimo sentido de urgencia moral, deberíamos estar preparados para, en caso necesario, asumir riesgos para eliminar una plaga terrible, para evitar el sufrimiento y la crueldad hacia las criaturas que son nuestras compañeras, o para actuar cuando los riesgos de la inacción sean mayores que los de la acción. Lo importante es evaluar los ratios de riesgo-beneficio. Un paralelismo obvio es el envejecimiento. Sin rodeos, todos nos estamos muriendo. Si consideramos que el envejecimiento es una enfermedad horrible, podremos asumir riesgos para retrasar su avance. Así pues, podríamos tomar un cóctel diario de complementos (por ejemplo, resveratrol, selegiline, etc.) que alargan la vida y aumentan la expectativa de vida en "modelos de animales", pero cuya eficacia y seguridad a largo plazo no están demostradas en estudios longitudinales controlados en humanos. Tal vez la minoría de humanos "sanos" [es decir, murientes] que usan una dieta de ese tipo juzgan mal el ratio de riesgo-beneficio que implican; si esto es así, el error no radica en la disposición a asumir riesgos calculados, sino sencillamente en que los calculan mal. La inercia conlleva tantos peligros como la iniciativa. Del mismo modo, para las actuales víctimas de dolor intratable o depresión crónica, cuya calidad de vida es precaria (o peor), está justificado que acepten más riesgos terapéuticos y exploren más tratamientos experimentales, para aliviar sus padecimientos, que las personas sicológicamente fuertes que disfrutan plenamente de la vida; al menos, según los mediocres estándares darwinianos.

Uno de los problemas es que, según los estándares ilustrados de nuestros sucesores, todas las técnicas de reforzamiento podrán ser vistas como terapias de rehabilitación. No obstante, existe una diferencia fundamental entre asumir riesgos para aliviar una enfermedad grave, síndromes de dolor crónico o angustia psicológica prolongada, o bien asumir riesgos para aumentar un bienestar preexistente.

Desgraciadamente, no existen atajos. En ese sentido, no se puede dar respuesta a esta objeción. Los euforizantes actuales de diversión, por ejemplo, pueden dar a quienes los toman un anticipo leve, fugaz y superficial de la felicidad posthumana; pero, en la mayoría de los casos, activan la tendencia a la estabilidad hedónica, y producen efectos secundarios horribles, insidiosos o de otro tipo. Vale la pena recordar que algunas personas muy inteligentes se han dejado seducir. El neurólogo vienés Dr. Sigmund Freud, a los veintiocho años, escribió un himno de alabanzas académicas sobre los beneficios terapéuticos de la cocaína, que entonces se había aislado por primera vez de la planta de coca. Bayer introdujo la heroína como remedio no adictivo contra la tos. Como dijo un consumidor de heroína intravenosa: "Es buenísima. No la pruebes ni una sola vez." Cualquier potencial droga milagrosa o terapia genética que prometa un gran avance hacia un nirvana posthumano se debe investigar con enorme urgencia y también con enorme escepticismo.


10) La objeción del CHOVINISMO DEL CARBONO
Esta charla se ha centrado en el enriquecimiento de los "sustratos biológicos" de las emociones. Sin embargo, teniendo en cuenta algunos argumentos funcionalistas ampliamente aceptados en la actual filosofía de la mente, ¿por qué no escanearnos, digitalizarnos y "transferirnos" a silicio o a otro soporte, y reprogramarnos luego? El crecimiento exponencial de la potencia de computación promete dotar a las "transferencias" de la capacidad de auto-reprogramación para curar el envejecimiento, los achaques y las enfermedades; llegar a la superinteligencia; disfrutar de una total libertad morfológica; y también amplificar nuestras vías de gratificación. Si no se desacelera el crecimiento exponencial de la potencia de las computadoras [inorgánicas], esa transformación puede distar sólo décadas, no los milenios que probablemente comportaría una transición del "meatware" (los usuarios del sistema) a la posthumanidad.

POSIBLE RESPUESTA
La gama de opiniones entre los transhumanistas respecto a la transferencia, abarca desde quienes piensan que es inevitable, hasta los que la ven como una especie de culto de la muerte milenarista. Si la meta ética primordial es "meramente" erradicar el sufrimiento, entonces, casi seguramente, la "transferencia" podría lograr su abolición, de una forma u otra. Sin embargo, la mayoría de las personas no son utilitarios negativos. Si uno quiere que "su" transferencia logre la súper-capacidad para sentir y también la superinteligencia, o disfrutar de niveles de bienestar posthumanos, conseguir la cuasi-inmortalidad, o simplemente conservar la propia identidad actual, entonces el riesgo existencial que plantea la transferencia es inmenso, tal vez el mayor riesgo existencial para la especie humana en toda su historia. Así pues, antes de embarcarnos en algo tan revolucionario, es vital que tengamos una teoría convincente de la mente consciente, y una descripción matemáticamente exacta de sus numerosísimas texturas, so pena de crear zombis. Tal vez pensemos al 99% que los escépticos se equivocan, por ejemplo, los neurofilósofos que creen que la consciencia unitaria depende de una coherencia cuántica y que, por ello, cualquier aspiración a la percepción digital no-trivial cae fuera del "cuello de botella von Neumann". Sea como fuere, postular la capacidad de sentir in silico no es una hipótesis científica que se pueda ensayar. Así pues, quienes defienden la transferencia tienen mucha fe en una teoría metafísica. Naturalmente, la convicción de que todos los demás son conscientes también es una teoría metafísica, aunque menos controvertida.

En calidad de [falsa] analogía, pensemos en el juego del ajedrez. Imaginemos a un filósofo equivocado que asegura que lo importante en el ajedrez no es meramente la secuencia de movimientos, sino también las texturas particulares de cada pieza del ajedrez; y que las partidas de ajedrez jugadas, por ejemplo, con piezas de metal o de madera, o las jugadas en línea mediante un ordenador, pueden tener carácter diferente aunque la secuencia de movimientos jugada sea la misma. Seguramente pensaríamos que el personaje simplemente está confundido: que no ha entendido lo que es una partida de ajedrez. Las texturas particulares de las piezas, e incluso la total ausencia de tales texturas en una partida de ajedrez por ordenador, no tienen importancia, ya que las texturas, el color, la composición física, etc., de las piezas son elementos funcionalmente irrelevantes para el juego, sólo son detalles de ejecución. La misma partida de ajedrez puede tener lugar de modo múltiple sobre diferentes sustratos físicos. Pensemos ahora en la transferencia. Imaginemos esta vez a un bioconservador que suena a ingenuo, que insiste en que lo importante para una transferencia con éxito no sólo es el comportamiento [y las disposiciones de comportamiento] del hipotético ser transferible, sino también las texturas particulares [también conocidas como qualia: "qué se siente"] de sus estados mental-cum-perceptuales. Ahora bien, en cierto sentido sí, las texturas de fenómenos [si las hubiere] y la composición del sustrato de un hipotético ser transferible, son meros detalles de ejecución, funcionalmente irrelevantes, por cuanto la transferencia tiene la arquitectura funcional correcta para sustentar relaciones de entrada-salida idénticas a las de su homólogo del mundo de la carne. [Como dicen los ingleses: "Si camina como un pato, grazna como un pato..." etc. (entonces, es un pato)] Sí, en caso de que estuviéramos exhaustivamente definidos por nuestras pautas de comportamiento, entonces no tendría trascendencia el espectro de un qualia invertido, el dolor marciano, el qualia ausente, etcétera. Pero, en otro sentido fundamentalmente importante, la analogía con el ajedrez no se sostiene. Ese "qué se siente" por ser yo es algo esencial de mi identidad personal: no es un detalle trivial de ejecución, sino lo definidor de quién soy, mi naturaleza intrínseca. Si tuviéramos la más leve idea de cómo escanear, registrar y digitalizar qualia, la transferencia podría ser factible; pero, lamentablemente, no es así. Es prácticamente imposible exagerar nuestra ignorancia científica de la mente consciente. De momento, como poco, la transferencia pertenece al reino de la ciencia-fantasía más que al mundo de la ciencia-ficción.

Sin embargo, pongamos por caso que en el futuro fuera posible, técnica y socialmente, la transferencia de seres sintientes, tal vez utilizando computadores cuánticos de arquitectura no clásica. En un escenario de transferencias masivas, no sabemos cuál será el sino de los seres de carne que "se dejan atrás". A menos que se haya de liquidar la vida orgánica tradicional (es decir, la transferencia "destructiva", la solución definitiva al problema de la vida orgánica), los organismos darwinianos primordiales seguirán necesitando "ser rescatados" por sus descendientes postorgánicos. Y aquí volvemos a los sustratos biológicos de la consciencia, con los que comenzamos.


CONCLUSIÓN
¿Superinteligencia, Superlongevidad y Superfelicidad? Siglos de "progreso" tecnológico y socioeconómico no han conseguido que a lo largo de una vida seamos perceptiblemente más felices que nuestros antepasados cazadores y recolectores de frutos. No existe ninguna prueba científica de que miles de años de reestructuración de nuestro entorno hayan engañado ni un ápice a la tendencia a la estabilidad hedónica. El futuro, ¿se parecerá al pasado? Casi seguramente, no. La neurociencia del mañana promete revolucionar el bienestar subjetivo, tanto el individual como el de toda nuestra especie. Como conjetura mayor, tal vez superaremos nuestro sesgo antropocéntrico y también enriqueceremos al resto de la vida sintiente.

Pero, ¿en qué medida? Al contrario de la potencia de computación, un crecimiento exponencial de la felicidad probablemente no será posible, salvo con tecnologías humanamente inimaginables. No obstante, conseguir aunque sólo fuera un desarrollo aproximadamente lineal de sus biomarcadores, ya sería una sensacional inflexión de la historia de la vida transcurrida hasta hoy. Versiones posthumanas de la zona Goldilocks ("no demasiado caliente, no demasiado frío") potencialmente podrían ser superiores al intervalo hedónico adaptativo de nuestros antecesores homínidos en varios órdenes de magnitud, o incluso más. Nuestros descendientes posthumanos tal vez terminen por decir, como Bill McKibben, "¡Basta!". Es posible, pero si lo hicieran, hoy no sabemos cómo, cuándo y por qué.

Vale la pena hacer hincapié en que las clases de escenarios de enriquecimiento del estado de ánimo posthumano aquí explorados no son, en su mayor parte, una alternativa a otros escenarios transhumanos de nuestro futuro, concretamente, la superinteligencia y la superlongevidad. Al contrario, si no intervienen otros factores, un control afinado de nuestras emociones, junto con el incremento de la motivación, nos debería permitir hacer realidad más eficazmente esos escenarios, y saborear sus resultados con agradecimiento aún mayor. El enriquecimiento hedónico tampoco es una especia de prescripción de cómo se ha de vivir la vida posthumana, igual que curarse de un estado de dolor crónico no dicta cómo se debe llevar una existencia sin dolores. "El mundo de los felices es muy diferente del mundo de los no felices" observa Wittgenstein en el Tractatus. Así es, y el mundo de los superfelices es muy diferente del mundo humano. No obstante, no sabemos si alguna vez llegaremos a investigar sus propiedades.


David Pearce
with many thanks to translator Pablo Grosschmid. See too 1, 2, 3, 4, 5, 6 : 7

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(Second Life, December 2008)
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